Programador de dormitorio
Adolescente que escribía juegos comerciales en el ordenador de su cuarto: la industria británica del videojuego de los ochenta en dos palabras.
Cuando el ZX Spectrum y el Commodore 64 estaban en millones de hogares, bastaban un ordenador, un casete y unas vacaciones de verano para hacer un juego. Las editoras compraban programas terminados a remitentes desconocidos, muchas veces en ensamblador escrito por alguien que aún iba al instituto, y un par de éxitos podían ganar más que el sueldo de los padres.
La expresión es sobre todo británica, y varios estudios actuales nacieron en esos dormitorios. La época terminó cuando los juegos exigieron grafistas, músicos y presupuestos mayores que la paga semanal. La ola indie de los 2000 tomó prestado el mito con gusto, y algunos de aquellos programadores acabaron en la demoscene, donde nadie tenía que vender nada.